Día Internacional del Fútbol Femenino. Conmemoración, cinismo, miedo o silencio. Sonia M. Jaimes P. y Jaime E. Londoño M.
- Verdiblancxs

- hace 18 horas
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El 23 de mayo volvió a ponernos frente al espejo con el Día Mundial del Fútbol Femenino. La efeméride, nacida en 2014 bajo los paraguas de la CONCACAF y Jeffrey Webb en Filadelfia, quien durante las sesiones del seminario: Desarrollemos el fútbol femenino, sostuvo que su objetivo era «inspirar a las generaciones más jóvenes», fue rápidamente capitalizada por la FIFA para dotarla de un alcance global. Una fecha idónea para el calendario, pero que año tras año devela las profundas grietas entre el discurso institucional y la realidad de los hechos.

En Colombia, la puesta en escena institucional cumplió con el protocolo. La DIMAYOR, la Federación Colombiana de Fútbol y diversos clubes inundaron las pantallas con piezas gráficas impecables. A primera vista, un gesto de madurez y adopción de la tendencia global. Resulta difícil y cínico encajar la celebración en redes sociales con un panorama donde coexisten la inestabilidad en los contratos de las jugadoras, horarios que ahuyentan a las hinchas, problemas con la indumentaria, pésima calidad de las transmisiones, un arbitraje cuestionado y una mala organización del torneo.

Es justo rescatar que existen excepciones. Ciertos clubes han decidido tomarse en serio la gestión de sus ramas femeninas, invirtiendo en sedes de entrenamiento y apostando por la fidelización de su hinchada. Sin embargo, estas loables golondrinas no hacen verano en un sistema estructuralmente rezagado.

En la conmemoración brillaron por su ausencia las jugadoras. No dudamos que algunas de ellas hayan posteado en sus redes sociales menciones al 23 de mayo, pero como grupo de profesionales que no cuentan con las condiciones óptimas para el desarrollo de su profesión, guardaron un silencio, que puede llegar a calificarse de cómplice, pero también puede ser producto de la falta de empoderamiento e inclusive del miedo. Al temor de ser vetadas por los dirigentes y ver truncadas sus carreras como futbolistas.

Las futbolistas colombianas que juegan en el exterior también guardaron silencio y no se manifestaron respecto a las difíciles condiciones de sus colegas que compiten en el país. Ellas gozan de un poco más de inmunidad; la única represalia sería no llamarlas a la Selección Colombia, pero un seleccionado sin su presencia reduciría enormemente su potencial competitivo. Recordemos que su protesta en Cali, durante la Copa América de 2022, fue fundamental para que se disputara la liga de ese año.
Fue un acto simbólico y silencioso, pero eficaz. Sus puños arriba le dieron sentido a un reclamo generalizado por sus derechos laborales, por la igualdad y equidad, y por la necesidad perentoria de desarrollar el torneo local. Funcionarios públicos y dirigentes sintieron el peso de la protesta y se vieron abocados a programar el campeonato.

Y es que el fútbol femenino ha dejado de ser únicamente el deporte que se disputa en el rectángulo verde. Hoy es una red compleja que involucra a cuerpos técnicos, médicas, administradoras, periodistas, mercadólogas e hinchas. Por ende, la conmemoración tendría que haber sido el escenario idóneo para una autorreflexión colectiva. En su lugar, el conformismo digital ganó la partida: muchas prefirieron la comodidad del contenido prefabricado antes que abrir el debate sobre los sesgos y micromachismos que aún restringen su pleno desarrollo profesional y el disfrute de las gradas.

La discriminación de las mujeres y las violencias basadas en género son prácticas comunes en todos los ambientes futboleros. La única forma de enfrentar estos flagelos son las denuncias, las acciones afirmativas y la lucha por los derechos. Por este motivo, los 23 de mayo no pueden reducirse a la publicación de simples posts; se necesitan posicionamientos más críticos contra el patriarcado futbolero.




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